De fondo, la Serra do Pilar en la fiesta de San Juan en Oporto.
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La fiesta de San Juan en Oporto

Este último verano de 2018 nos apetecía pasarnos por nuestro vecino Portugal y, por unas u otras razones, el 23 de junio fue parte de esos días. Pero por casualidad. De hecho, en el avión nos preguntaron si íbamos para pasar la fiesta de San Juan allí, en Oporto, y los dos nos reímos: «Ah, que es San Juan este finde«. La cuestión es que se nos volvió a olvidar… y nos encontramos en medio de esa fiesta sin comerlo ni beberlo y tras una paliza de día turístico.

A martillazos en la cabeza

Me acuerdo con nitidez del primer martillazo que me llevé. Subiendo las típicas cuestas de Oporto con dificultad, recién llegados desde Braga y sin haber sabido nada de la primera ciudad en todo el día, un niño se acercó a mí y con toda la naturalidad del mundo me propinó un martillazo en la cabeza. Bueno, por no pasarme de dramática, concretemos: un martillo, bien hermoso, eso sí, pero de plástico. Blandito. Pero, vaya, yo sin tener idea alguna de nada, que me lo vi venir tan campante y confiado a soltarme el golpe con mirada pícara, me quedé con un signo de interrogación en plena cara. Evidentemente, conforme íbamos llegando al hotel los martillazos se fueron multiplicando, así que ya sabíamos para entonces que no había sido cosa de un niño mimado al que sus padres no habían lanzado palabra alguna de protesta por la desfachatez. [Reconozco aquí la terrible falta de planificación la de ese viaje].

Las sardinas como protagonistas del olfato

Por todas partes se sucedían las parrillas llenas, así que el resultado es imaginable: Oporto entera oliendo y respirando sardinas. También es muy común comer en esta fecha cordero y acompañarlo con una ensalada de pimiento. Evidentemente, tratándose de Oporto, la bebida más común es el vino tinto, aunque la cerveza tampoco es que se quede atrás. Paseando por las calles, pudimos ver multitud de mesas llenas de gente, no ya solo de terrazas de bares, sino también de particulares que salían a cenar al aire de la parrilla en familia o con amigos.

La celebración

Durante este día se llevan a cabo conciertos y otras actividades en las principales plazas de la ciudad, pero el sonido que más ha sonado al final del día es el de los martillos. Los venden, sin exagerar demasiado, en cada calle, y si se trata de una que conduce al puente de Don Luis ya ni hablamos de los mil puntos de venta. Todo turista o vecino, llevado por la tradición y la gracia del martillo, se entrega con dedicación a la tarea del golpe en coronillas. Así, este acto multiplicado por las miles de personas que se juntan, y considerando que cada martillo emite un soniquete agudo al comprimirse, acaba creando música en toda la ciudad. Y lo podrás escuchar en el vídeo de más abajo.

La fiesta se concentra por la noche en la Ribeira, bordeando el río Duero, bajo el puente de Don Luis I. En las proximidades, se venden lámparas de papel y ahí mismo se les enciende una velita para que vuelen. No sé cómo serán de contaminantes, pero la imagen de las preciosas lámparas de papel elevándose sumada a la del río Duero, iluminado al fondo, es espectacular.

En la Ribeira

La Ribeira se masifica hasta desbordar sus bares y restaurantes y no caber un alma más. Cada paso que se da, de hecho, cuesta terribles esfuerzos entre la marabunta y avanzar o retroceder es tarea de valientes. En la vecina Vila Nova de Gaia, al otro lado del río, parecen estar en las mismas. Uniendo ambas costas, el puente de Don Luis I destaca por su sencilla y elegante iluminación, que termina en Vila Nova junto a una iluminadísima y preciosa Serra do Pilar, desde la que, por cierto, retransmiten la festividad en televisión. Y, como es típico en la península, más tarde, a las 00:00, llegan los fuegos artificiales.

Algo que me resultó muy gracioso… Para salir de la Ribeira y poder volver a respirar fue caótico. Filas de gente seguían entrando, muy lentamente, así que en el medio de la acera se hizo una columna para todos ellos. A cada uno de los lados de esa columna, franqueándolos y martillo en ristre, los que estaban parados iban resarciéndose con cada coronilla. Para salir, había que ir por el resquicio que pudieran dejar, a contracorriente, porque, como decía, veníamos ya de un día intensamente turístico, con lo que para cuando se nos había acabado la fiesta a nosotros, para ellos no hacía más que empezar.

Dando martillazos a la gente que avanza en la fiesta de San Juan en Oporto.

Aquí tenéis las imágenes y sonidos de esta experiencia:

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