Una parte del lago interior del Museo de Jingzhou
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El Museo de Jingzhou (Hubei)

Tras el gruesísimo muro que cerca la entrada del Museo de Jingzhou, lo que más llama la atención es la escalera del primer edificio. La decoran distintos relieves de dragones, igual que en miles de construcciones en China. En este caso, con el añadido de unas flores para darle más encanto, dispuestas de una forma muy feng shui. Aquí comienza la primera parte del museo. Y señalo lo de primera parte porque no teníamos nosotros idea alguna de que había más. De hecho, terminamos de ver ese primer edificio y nos quedamos semiempanados mirando alrededor («¿Esto es todo?»). No lo era, no. Nos quedaba lo mejor.

Esto último no se explica por que no sepamos leer inglés o leer flechas: es que no había indicaciones o no donde se las podía echar en falta. Esto iría unido a la necesidad de un empujón al turismo de esta ciudad, Jingzhou, o, al menos, a un turismo que no sea casi exclusivamente local. Esta zona de Hubei tiene muchos lugares que merecen ser visitados, este museo entre ellos, pero todavía van parejos con cierta dejadez o decadencia que los lastra.

Primera planta

La cuestión es que tras ver la primera planta, que se componía de una sala a la izquierda y otra a la derecha que ni siquiera estaban interconectadas entre sí y había que volver a la entrada para ir a la otra sala, no sabíamos si la siguiente planta era también visible para el visitante. Porque, evidentemente, por la altitud del edificio, más plantas había, pero no vimos cartel alguno en idioma universal (flechas) que indicaran que podíamos seguir visitando hacia arriba (creo recordar que sí había un papelito -literal- junto a la escalera, pero en chino, y cualquiera podía saber si era un «váyase a su casa, que aquí concluye» o un sencillo «solo staff».

Además, las escaleras se encuentran de forma algo secundarias, poco favorecidas, como aquellas de las que huimos cuando hay varios ascensores. Así que subimos casi sintiéndonos delincuentes. Como podéis imaginar por nuestro desconcierto, no había nadie a quien seguir: el museo estaba casi vacío (temporada baja, diciembre). Para que veáis la estampa, conforme íbamos subiendo el segundo tramo de escalera:

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Ver aquel cartel coronando la puerta fue, sin duda, una grata y extraña sorpresa. Pensándolo ahora, quizá sea que estamos tan acomodados a que nos lo señalen todo en los museos más modernos que nos hemos atontado (y, aun así, no costaba nada poner una flechita).

Antes de seguir hacia lo más interesante: ¿qué había en la primera planta? Fantásticas armas de caza y de guerra, utensilios de cocina, monedas, lamparitas, pequeñas figuras, etc., desde el mismísimo Paleolítico.

Segunda planta

Ya en la segunda planta, hay, mayormente, fantásticas figuras y cántaros de cerámica, tiras de bambú con escritura, piezas de jade (como pulseras), etc. Además, algunos de los paneles en inglés, como los que comparto aquí en fotos, cuentan interesantes leyendas autóctonas.

Salimos a un parque trasero sin saber si pertenecía al Museo

Fue después de todo esto cuando dijimos: muy bien, y ahora, ¿qué? Debía haber más (nos habían contado sobre una pieza clave del museo que enseguida veréis, y ahí no lo habíamos ni adivinado todavía), así que salimos por la puerta trasera y nos encontramos con un pequeño parque. Esta vez, había un cartel frente a nosotros con dos indicaciones: a la izquierda, dos cosas. ¿Y el gran edificio que se adivinaba delante? ¿Propiedad privada? ¿Visitable? Pues ni idea. No entramos, no parecía invitar a nadie.

Patio interior del Museo de Jingzhou

Alrededores

El tramo derecho acaba llevando a pisos pobres que hacen de muro de este recinto, aunque se puede acceder entre ellos desde dentro. A la izquierda, cerrado, lo siguiente (curiosamente, había algunos árboles con código QR para escanear):

Al otro lado, como se adivina en la última foto, hay un edificio semiderruido (solo quedan en pie las paredes) y, más allá, un templo. Seguimos andando en dirección opuesta al primer edificio del museo y nos encontramos, primero, con un lago rodeado de edificios y, a su izquierda, un camino. Lo recorrimos, pasando junto a la construcción en ruinas, hasta llegar al templo, pero de ello ya he hablado en otro momento: podéis verlo clicando aquí. Ese lugar, Kai Yuan, es (o era) taoísta y está en una situación absolutamente decadente, aunque parece que lo van a reacondicionar de alguna forma (había obreros cuando nos «colamos» como quien no quiere la cosa -su acceso desde la calle está cerrado, y parece que lo ha estado durante varios años-).

Comparto también la foto de ese carro y las fregonas, porque, aunque parecen piezas de museo, no lo son: están en uso, signo de la humildad del museo (o de su escasa subvención).

Segunda parte del Museo de Jingzhou: rodeando un lago

De vuelta al lago, son extremadamente gracioso-extrañas (me permito el vocablo) dos cosas (cuando una no está ya acostumbrada, eso sí): el leoncito-perro-loqueseaconcascabel y ese magnífico coche de bomberos (aunque conocida ya China, no sé si son más graciosos esos coches o los mini de policía o las mini comisarías portables).

El entorno es muy bonito, aunque el agua no sea ni parecida a cristalina y los edificios ya no brillen. En cuanto a las piedras de una de las siguientes imágenes, no tengo ni idea de cuál es su finalidad, si es que tiene alguna más que la estética (eso espero, vaya), pero las he visto así en distintos lagos del estilo.

La primera sala a la izquierda es algo de instrumentos y baile, pero cuando nos acercamos nos invitaron a seguir andando, así que desconozco si está abierto al público o si no lo estaba en ese momento. La siguiente sala es la más interesante, así que me la dejaré para el final. Siguiendo por ese pasillo que bordea el lago, hay otras salas que contienen distintas figuras y prendas o telas de seda (varias de ellas, copias) halladas en tumbas:

Lo más preciado del Museo de Jingzhou

El plato fuerte (con perdón) de la visita es la exhibición de la tumba número 168, la de un oficial de alto cargo bajo el reinado de la dinastía Han (de Occidente). El hombre fue enterrado junto con varias reliquias (para guiarlo y protegerlo tras la muerte, supongo, y por eso el séquito y el transporte), exactamente, en el año 167 a.n.e., es decir, hace más de dos mil años. Primero, los entrantes:

Y, ahora, la parte central. A algún que otro metro bajo el suelo de la sala, además de la tumba que habéis visto en la anterior fotografía, se encuentra en otro compartimento el cuerpo casi intacto de este señor de más de dos mil años, con sus órganos junto a él. No a la manera de momias, como estamos tan acostumbrados, sino al descubierto:

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Por último, y como curiosidad, en la calle de enfrente al museo hay varios comercios de antigüedades donde se pueden adquirir piezas similares a las visitadas. Y, en el franco izquierdo del museo, como decía, se encuentra la entrada cerrada del templo taoísta Kai Yuan.

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