América,  Perú

Machu Picchu: mi experiencia y cómo llegar

Sin duda, es uno de los viajes más impresionantes que he hecho en mi vida, pero también uno de los más duros. Cuando llegué hasta allá arriba, mi primer pensamiento estuvo dedicado a los gemelos que debieron de tener los incas en su momento. Este viaje requiere, más que muchos otros, mucha planificación, en el sentido de que no basta con decidir ir y luego coger el coche y llegar hasta unos kilómetros más allá. Ahí reside parte de su encanto: el trayecto va a ser muy duro.

Inicio del viaje

Mi camino comenzó en Cuzco (Perú), donde contratamos a una empresa para que se encargara de llevarnos en autobús hasta Hidroeléctrica y de hacernos de guía en Machu Picchu. Tenía planeado, después de ver la ciudad inca, hacer el Camino de la Muerte en Bolivia, pero me lo estuve replanteando (aunque luego sí lo hice, y aquí tenéis mi experiencia: El Camino de la Muerte de Bolivia) durante el viaje en autobús de Cuzco a Hidroeléctrica. Fueron varias horas de trayecto y la carretera (por llamarla de alguna manera) era terrible, sin ninguna clase de protección frente a los barrancos que la circundaban y que muchas veces el autobús rozaba.

Llegada a Hidroeléctrica

Cuando alcanzamos Hidroeléctrica, tuvimos que andar durante un rato hasta llegar a un «restaurante«, un lugar rural en plena naturaleza, a escasos metros de un verdísimo precipicio que nos regalaba una de las mejores vistas.

Trayecto hasta Aguas Calientes

Y ahí empezó parte de lo bueno. Tuvimos que andar alrededor de tres o tres horas y media para llegar a Aguas Calientes, el pueblecito más próximo a Machu Picchu, llamado así por sus baños termales. Antes de seguir, tengo que señalar:

ANDUVE PORQUE QUISE
¿Por qué?
  • Puedes ir a pie siguiendo las vías del tren. El trayecto dura en torno a tres horas o tres horas y media, como ya he señalado. Buena parte del camino se hace sobre pequeñas piedras, así que asegúrate de que la suela de tu calzado es lo suficientemente gruesa.
  • Puedes coger un tren Hidroeléctrica-Aguas Calientes por unos 30 dólares (aprox. 26 euros).

Pero yo me abstuve del tren por dos razones: en primer lugar, y menos importante, la económica; y en segundo lugar, el encanto. ¿Dónde queda la magia del trayecto si se hace en tren? La sensación de éxito al llegar a la meta es mucho mayor si se ha trabajado el camino. Y no solo eso, sino que Perú tiene una naturaleza majestuosa que merece ser vivida. Si ya hablamos de llegar hasta Machu Picchu no hace falta discusión alguna: es necesario andar entre todos esos árboles, compartir trayecto con otros turistas esforzados, cruzar ríos y puentes y poder disfrutarlos. ¿Qué le queda al que va en tren? Un sillón, probablemente no muy higiénico, y una ventanilla sucia desde la que intentar atisbar el paisaje. Es decir, nada.

Cuando estábamos ya muy próximos de Aguas Calientes anocheció por completo y nos fuimos guiando con las luces del poblado en el horizonte.

Llegada a Aguas Calientes

Llegamos al hostal (por lo barato: ni agua caliente, ni cama decente, ni wifi 24 horas -una fuerza superior hacía que a las 10 de la noche «dejara de funcionar» hasta el día siguiente-) y nos acostamos en cuanto pudimos, porque a las 3.30 de la madrugada teníamos que estar en pie para empezar a subir a Machu Picchu a las 4.00.

Subida a Machu Picchu

En el coche de San Fernando. Igual que en el caso anterior, también existía la posibilidad de subir utilizando un transporte, pero, en serio, ¿dónde está el sentido de subir a Machu Picchu en autobús, si tu cuerpo te permite utilizar las piernas? Aunque he de reconocer que me acordé de toda mi estirpe y de todas mis decisiones durante la subida.

SUBIENDO ESCALONES DURANTE DOS HORAS

Imaginad estar subiendo escalones (altos e irregulares) durante casi dos horas. El camino empezó en la más inmensa oscuridad, iluminados por nuestros móviles/linternas para no tener que pedir un helicóptero después (que seguramente no habría venido) por algún paso mal dado. Íbamos al principio por un camino llano, que fue progresivamente cogiendo elevación hasta comenzar los escalones. Y qué escalones. Más de una vez (y de dos, y de tres, y no sigo por no revelar mi forma física) tuve que parar durante unos segundos en alguno de sus recodos para poder respirar. Las vistas maravillosas, eso sí. Y la experiencia, única.

La meta: Machu Picchu

Llegamos arriba hacia las 6.00 am. Estaba atiborrado de gente, con unas colas impresionantes, y cada uno buscaba el paraguas de su guía. Anduvimos un rato más (y aquí ya todo hijo de vecino) hasta, por fin, tener ante nosotros las famosísimas y preciosas vistas de la sagrada ciudad inca de Machu Picchu. Y alguna que otra llama o alpaca.

La bajada

La bajada fue intensa. La hicimos en apenas media hora, pero nos temblaban las piernas como yo no había visto ni temblar a un chihuahua. Casi habría preferido la subida (casi). Ah, y, por supuesto, luego tuvimos que hacer de nuevo la ruta entera, pero a la inversa. Eso ya no nos gustó tanto. Ahí, igual sí que habría pagado por el tren.

¿Qué nos llevamos?

No me cabe la menor duda de que merece la pena. Cada paso hasta llegar allí, cada piedra molesta bajo la zapatilla, cada tropezón, cada cama dura, cada gota de agua fría, cada resoplido durante el camino. La primera imagen de Machu Picchu frente a ti, el momento en que descubres en persona que verdaderamente las montañas del fondo parecen el perfil de un rostro, las veces que te pierdes entre subidas y bajadas por el poblado, la vista de las montañas entre verdes y azuladas alrededor. Hay que ir por lo menos una vez en la vida.

3 Comentarios

Deja un comentario

%d