Europa,  Grecia

Mi experiencia en Atenas

Decidí pasar unos días en la capital griega principalmente por la magia que todavía destila la Antigua Grecia: la Grecia de la mitología, de la democracia, de la filosofía, de la literatura, de la ciencia. La Grecia de Homero y Pitágoras, de Platón e Hipócrates, de los dioses olímpicos. Y de tantos otros.

Fue por eso que, quizá, el impacto cuando llegué allí fue más brutal. Esa no era la Grecia idealizada. Sabía, desde luego, que su situación económica no era la mejor, y que la crisis había sido y seguía siendo muy dura. Pero aun así no deja de ser chocante. También es cierto que mi primer contacto en esa ciudad estuvo marcado por alguna experiencia negativa: llegué de madrugada al aeropuerto y cuando le pregunté al conductor del autobús si la calle de mi hotel estaba cerca de alguna de sus paradas (obviamente, en inglés) respondió con un «I don’t know, I don’t know», lavándose las manos. En cualquier caso, hice caso de Google Maps y subí a su autobús. El problema vino cuando no respetó ni las paradas que Google tenía marcadas ni las que estaban marcadas en el mismo panel del autobús. Dio algunas vueltas extrañas y volvió a pasar por sitios en los que ya había estado. Eso acabó derivando en que acabé a las 3 de la mañana en la estación de autobuses, lejos de mi hotel. Y cuando se lo dije al conductor me respondió que le tenía que haber avisado de dónde quería parar yo. ¿Hola? ¿Y qué hice nada más subir?

En fin. Luego tuvo un buen gesto y me llevó hasta una calle de antes de una parada de otro autobús que sí me dejaría cerca de mi zona. El siguiente problema vino cuando empecé a correr detrás del otro autobús, que llegó justo cuando yo todavía estaba en la calle de antes. Hice señales, corrí con la maleta, pero el autobús se fue. Y ya no había otro hasta una hora después. Ahí, desesperada, ya que no quería arruinarme en un taxi, decidí estrenar Uber, que anunciaba que el primer viaje era gratis. Lo usé, y qué sorpresa cuando luego me encontré un cobro en mi cuenta de 10,50€, por 10 minutos de coche, cuando se suponía que era gratis (les escribí reclamándoles y su excusa fue que ese era un cobro externo a Uber: curioso, cuanto menos, ya que era un cobro del mismo conductor).

Por eso, mi experiencia en Grecia empezó con el pie izquierdo. Y la impresión primera tampoco fue buena, porque todas las calles que veía estaban llenas de grafitis. Y al día siguiente tampoco fue mejor. El primer barrio por el que pasé fue el barrio árabe y he de admitir que me chocó enormemente que sus calles estuvieran llenas de gente, pero de ninguna mujer. Por no hablar del olor y la suciedad. O del intercambio de pastillas por dinero que vi a plena luz del día, entre la multitud, sin el menor recato. Y no solo eso, sino que todas las noches vi a alguien pinchándose, también en plena calle. Sin tapujos. Tienen allí un grave problema con las drogas.

Pero aquí termino de alarmar y criticar. Seguí andando y pude ver Atenas con mejores ojos. Las calles estaban ya llenas tanto de hombres como mujeres, de turistas como yo y de incansables captadores que unos metros detrás de otros trataban de que probaras la comida de sus restaurantes. Grecia tiene zonas preciosas y muy curiosas, y una de ellas, pese a la marea de gente y el acoso de los captadores, es la que rodea la Acrópolis, las zonas de Plaka y Monastiraki, especialmente. Está llena de bares, restaurantes, comercios; está totalmente llena de vida. Si te gusta el movimiento, ve; si no, ni se te ocurra.

Vi también buena parte del resto de la ciudad, y es magnífica. Tiene bellas zonas verdes como el parque Pedion Tou Areos, grandiosos edificios como el de la Biblioteca Nacional, la Universidad o la Academia Nacional, lugares de interés como el Estado Panatenaico, y es también imperdible la visita al Monte Licabeto, desde donde se ve toda Atenas (y también se hacen muy buenas fotografías).

Está claro cuál es el plato fuerte de la ciudad: la Acrópolis. Hemos hablado ya sobre ella en esta otra publicación, donde también encontrarás muchas fotografías: La Acrópolis de Atenas.

Otra curiosidad son los cambios de guardia frente al Parlamento griego, en la Plaza Syntagma, de los que puedes encontrar un vídeo aquí: El cambio de guardia frente al Parlamento griego.

Por otra parte, es bueno también saber que el precio de la comida en los restaurantes (es obligatorio probar su pan de pita, por cierto) es relativamente barato (también depende del buen ojo), aunque no es tanto así el de las bebidas alcohólicas si quieres salir a tomar algo. Más vale pillar una happy hour. Y no te extrañes si, sentado en el bar o en el restaurante, conforme te van trayendo la primera bebida o los primeros platos, te traen también los tickets. Hacen las facturas y te las llevas conforme vas pidiendo, progresivamente, aunque luego pagues todo junto al final.

Hay muchas más cosas que se pueden decir de Atenas, pero por último me quedo con un dato que me impresionó: persona a la que le hablara en inglés, persona que sabía contestarme en inglés. Parece que en España vamos totalmente en la retaguardia de los idiomas.

 

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